Los imperios por definición menosprecian sus colonias. Esa es la naturaleza de la relación de subordinación política. Así como el amo menosprecia al esclavo, un gobierno extranjero que coloniza a otro pueblo lo piensa inferior. Puerto Rico ha sido colonia de los dos imperios más poderosos de sus respectivos tiempos. Primero España, luego Estados Unidos.
Hago esta reflexión debido al desenfoque en cuanto a las críticas a las expresiones de Donald Trump contra los puertorriqueños. Es el mismo desenfoque con respecto a las críticas a la Junta de Control Fiscal. Cuando uno escucha al liderato colonial y anexionista atacar la JCF, parecería que antes de la imposición de la Junta eran los buenos tiempos democráticos del ELA. Antes de la Junta, el ELA fue anti democrático, como lo fueron el gobierno militar, la Ley Foraker y la Ley Jones. La misma colonia con distintos matices y en distintas formas.
Ese mismo desenfoque se ve en la crítica a las expresiones de Donald Trump. Hay quienes quieren atribuir las expresiones del actual presidente de los Estados Unidos a un acto de un presidente coyuntural que es errático y tosco en su trato discriminatorio hacia “el otro” (quien no es blanco y estadounidense). Simplificarlo de esta manera es un grave error.
El menosprecio del gobierno de los Estados Unidos hacia Puerto Rico no comenzó con Donald Trump. La era de Trump es un cambio de forma, pero no es un cambio de actitud del gobierno americano hacia su colonia. Antes nos golpeaban con guantes de seda y ahora se quitaron los guantes y nos pegan con puño de acero.
Limitar el debate a si Trump es bueno o malo; a que si fuera otro el presidente el trato de EU hacia Puerto Rico sería magnífico, es una simplificación infantil y colaboracionista con la política colonial
Por ejemplo, la gran aportación de Barack Obama a Puerto Rico fue su incumplimiento con la promesa de que resolvería nuestro problema de estatus en su primer cuatrienio y su legado de aprobar otra Promesa, la ley que nos impuso una Junta de Control antidemocrática con la que tenemos que batallar diariamente.
En el caso de George Bush, hijo, se embarcó en una guerra con intereses petroleros que produjo muchos años después la denuncia de la comunidad internacional y dentro de su propio país, que le costó la vida a puertorriqueños que sirvieron como carne de cañón en esa aventura guerrerista y muchos que regresaron con vida continúan batallando con padecimientos severos de salud.
No tengo que hablar de la actitud del gobierno americano cuando, décadas antes, experimentaron con Napalm; cuando dejaron estériles a miles de mujeres puertorriqueñas en edad reproductiva utilizadas como conejillos de indias para experimentar con la pastilla anticonceptiva sin su consentimiento; la implantación de células cancerosas en los puertorriqueños por parte del Dr. Cornelius Rhoades; la imposición de un diseño del privilegio contributivo a empresas estadounidenses en Puerto Rico, que resultó en el empobrecimiento e impedimento para el desarrollo económico en Puerto Rico impidiendo el desarrollo de nuestras propias empresas. Por no decir, el bombardeo inmisericorde por 60 años en la isla municipio Vieques y antes en Culebra, impidiendo también su desarrollo pleno en términos económicos y de salud. La lista de ignominias es larga, trágica e indignante.
Los pueblos colonizados son siempre menospreciados. No es tiempo de matices. Hoy que la colonia está muerta, es un cadáver insepulto y luego de veintiocho años de gobiernos estadistas la estadidad ha sido repudiada por la mayoría del pueblo y por el propio gobierno de los Estados Unidos. Los que se indignan ante los abusos de la Junta y de Trump hay una sola opción digna: la independencia. Sólo la independencia es la opción democrática que brindará a nuestro pueblo respeto propio, bienestar, y las herramientas necesarias para nuestro pleno desarrollo y prosperidad económica.
“La era de Trump es un cambio de forma… Antes nos golpeaban con guantes de seda y ahora…nos pegan con puño de acero”